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XII DOMINGO (A)
21 de Junio de 2026
Jeremías 20: 10-13; Salmo 69; Romanos 5: 12-15; Mateo 10: 26-33
Por: Jude Siciliano , OP
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1. -- Kathleen Maire OSF <KathleenEMaire@gmail.com>
2. -- P. Jude Siciliano OP <FrJude@JudeOP.org>
3. -- P. Carmen Mele OP <cmeleoo@yahoo.com>
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Domingo XII
(A)6/21/2026
Jeremías 20: 10-13; Romanos 5: 12-15; Mateo 10: 26-33
Hay Vida en el Mensaje de Jesús
En las últimas semanas, hemos visto tantas manifestaciones de violencia y destrucción que nos dejan confundidos y con mucho miedo. A cada rato escuchamos de muertes en las calles: la tragedia de la guerra en Gaza y el estado de los migrantes tratando de buscar una vida segura. Además, hay acciones del gobierno que nos dejan sin palabras. Nos preguntamos por qué y cómo, pero no encontramos ninguna respuesta. En el mundo de la política, hemos visto mentiras, decepción, manipulación, y falta de integridad. La pregunta para nuestra conciencia es "¿Cómo es posible que exista tan poca integridad a nivel del gobierno?" El mundo nos deja en confusión, tanto para nosotros mismos, como para nuestros hijos/as. Sabemos que es importante vivir una vida recta, pero todas las fuerzas de poder parecen moverse en contra de nuestra convicción moral.
Las lecturas de hoy nos ofrecen algunas ideas. Vemos que, a pesar de todo lo malo que existe, debemos seguir fieles a Dios. El verdadero discípulo no puede dejarse llevar por la mentira y la violencia. El profeta Jeremías sufría porque los líderes políticos y religiosos no querían escuchar su mensaje. Jeremías hizo una llamada de integridad en nombre de Dios y los líderes respondían con amenazas de muerte. Sin embargo, el profeta tuvo confianza en Dios. Él veía a su Dios como un guerrero poderoso, y tenía confianza que la verdad vencería al final.
Jeremías seguía predicando una llamada al arrepentimiento. En los ojos de los enemigos, el profeta pareció como un enemigo. Pero en los ojos de Dios, el profeta era un servidor fiel.
En el Evangelio, vemos a Jesús exhortando a sus discípulos de seguir firmes en su convicción de la verdad. Jesús sabe que sus seguidores encontrarán persecución por parte de los poderosos, pero no deben perder la confianza. Les dice, "No teman a los hombres... Lo que les digo de noche, repítanlo en pleno día, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde las azoteas." Es decir, seguir a Jesús precisa una postura de fidelidad en la verdad y la no-violencia.
Tendríamos que pagar un precio por nuestra fidelidad, pero como Jesús mismo, tenemos que seguir confiando en la presencia de Dios y su poder.
El mensaje de Jesús es difícil de aceptar. Él nos recuerda que, a pesar de los sufrimientos, Dios está a nuestro lado, y nos cuidará. Utiliza ejemplos de la naturaleza, diciendo: Si Dios cuida a los pajarillos, mucho más cuidará de sus discípulos. Entonces, Jesús reconoce el miedo que tenemos, pero nos exhorta, "No teman a los hombres. No hay nada oculto que no llegue a descubrirse."
¿Entonces, como podemos enfrentar las noticias y los muchos casos de violencia, mentira, y manipulación en nuestro mundo? Más que todo, tenemos que permanecer fieles a las enseñanzas de Dios. En nuestras conversaciones, tenemos que insistir que la violencia va en contra de los mandatos de Dios. No hay justificación por las armas que se compran tan fácilmente en nuestra sociedad. No existe excusa para las mentiras de los poderosos. No hay razón por el odio que pinta toda una nación como terrorista. No hay disculpas por lo que causan sufrimiento a los pobres y vulnerables.
Seguir las enseñanzas de Jesús NO garantiza una vida sin problemas ni sufrimiento. Pero seguirle a Jesús, SI, garantiza una vida santa que lleva a la vida eterna.
Kathleen Maire OSF <KathleenEMaire@gmail.com>
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XII DOMINGO (Ciclo A )
21 de junio de 2026
Jeremías 20: 10-13; Salmo 69; Romanos 5: 12-15; Mateo 10: 26-33
Por: Jude Siciliano , OP
Estimados predicadores:
Se puede intuir el contexto de la lectura de hoy del Evangelio de Mateo. En este pasaje, Jesús les dice a sus discípulos tres veces: «No tengan miedo». La Iglesia primitiva debió ser una comunidad que conocía bien el miedo. Jesús prepara a sus seguidores para el rechazo, la incomprensión y las dificultades a causa de su fe. Seguirlo no siempre facilitará la vida. Por eso, les dice: «No teman a nadie». Les recuerda que Dios nunca los abandona.
La mayoría conocemos el miedo de una u otra forma. Nos preocupamos por nuestras familias, nuestra salud, nuestro futuro y las divisiones en nuestro mundo y en la Iglesia. Algunos albergamos temores silenciosos que otros nunca experimentan, como la soledad, el fracaso, el dolor o la incertidumbre sobre el futuro. El miedo puede encoger nuestros corazones y tentarnos a vivir con cautela, protegiéndonos en lugar de confiar en Dios. También puede llevar a los discípulos a aislarse en comunidades cerradas, en contra del mandato de Jesús: «Id y haced discípulos de todas las naciones». El miedo puede poner límites a esa misión.
Jesús nos asegura que estamos al cuidado de Dios y que no debemos dejar que el miedo nos domine. El valor cristiano no es la ausencia de miedo, sino la decisión de confiar en Dios en medio del temor. Recuerdo las historias que las Hermanas nos leían sobre los primeros mártires. Parecían ejemplos sobrehumanos de valentía. Sin embargo, esos mártires eran seres humanos como nosotros. No eran personas intrépidas, sino personas que creían que el amor de Dios era más fuerte que cualquier amenaza.
El Evangelio nos invita a preguntarnos qué temores nos impiden vivir nuestra fe con mayor plenitud. A veces guardamos silencio cuando deberíamos ofrecer una palabra de bondad o verdad. A veces dudamos en perdonar, en servir o en acompañar a quienes sufren por miedo a la crítica o a la incomodidad. Jesús nos llama a vivir con confianza, sabiendo que nuestras vidas están en manos de un Dios fiel.
El valor que los cristianos comunes necesitan hoy suele ser discreto y constante, más que dramático. La mayoría de los creyentes no enfrentarán la cárcel ni el martirio, pero sí se enfrentan a presiones que ponen a prueba su fe a diario. Se requiere valor para mantenerse honesto en un entorno deshonesto, para perdonar cuando el resentimiento parece más fácil, para defender la dignidad de los pobres y olvidados, para permanecer fiel en el matrimonio y la vida familiar, y para seguir orando cuando Dios parece guardar silencio.
Los cristianos también necesitan el valor de no avergonzarse de su fe. En muchos lugares, los creyentes se ven tentados a mantener su religión en privado, evitando cualquier mención de la esperanza, la misericordia, la justicia o el Evangelio por temor a la crítica o el rechazo. Las palabras de Jesús, «No tengan miedo», se pronuncian precisamente para momentos como estos. Nos recuerda que pertenecemos a Dios y que somos preciosos a sus ojos.
¿Podemos confiar en Dios dondequiera que estemos? El Evangelio dice que sí, no porque la vida sea fácil, sino porque Dios no nos abandona en medio de ella. Dios está presente en hospitales, cárceles, escuelas, lugares de trabajo, hogares rotos, apartamentos solitarios y futuros inciertos. Confiar no significa que lo entendamos todo. Significa creer que, incluso cuando nos sentimos débiles, olvidados o temerosos, Dios nos sostiene en sus amorosas manos.
Muchos cristianos comunes y corrientes cargan con preocupaciones ocultas: cuidar de padres ancianos, dificultades económicas, duelo por pérdidas, inquietud por los hijos, enfermedades o intentar mantener la fe en un mundo dividido. El valor que Cristo nos pide es seguir caminando con él a través de todo esto. A veces, el mayor acto de fe es simplemente levantarse cada día y creer que Dios sigue con nosotros.
Jesús señala a los gorriones y nos recuerda que Dios no olvida a ninguno de ellos. Luego dice: «Ustedes valen más que muchos gorriones». Ese es el fundamento del valor cristiano: no la confianza en nosotros mismos, sino la certeza de que Dios nos conoce, nos ama y nos acompaña en cada paso del camino.
En resumen, el Evangelio de este domingo nos dice que no tengamos miedo. Jesús sabe que sus discípulos se enfrentarán a la oposición, la incomprensión e incluso el rechazo. El valor no es algo que solo necesiten los mártires y los santos de antaño. Los cristianos comunes necesitan valor cada día: valor para perdonar, para hablar con sinceridad, para permanecer fieles en matrimonios y familias difíciles, para defender a los vulnerables, para resistir la deshonestidad en el trabajo y para seguir creyendo cuando las oraciones parecen no ser escuchadas.
La lectura del profeta Jeremías (20:10-13) nos muestra cómo se siente ese valor desde dentro. Jeremías no es intrépido. Oye los susurros a su alrededor: «¡Denúncienlo!». Incluso sus amigos esperan que fracase. Se siente aislado y amenazado. Muchos cristianos conocen algo de esa experiencia. Un joven puede sentir presión por vivir de forma diferente a la mayoría. Un trabajador puede ser objeto de burla por actuar con integridad. Un creyente puede sentirse solo en una cultura que a menudo trata la fe como irrelevante o ingenua.
Sin embargo, Jeremías no se rinde. Dice: «Pero el Señor está conmigo, como un poderoso guerrero». Esa es la esencia del valor cristiano. El valor no consiste en pretender ser lo suficientemente fuertes por nosotros mismos. El valor proviene de confiar en que Dios está a nuestro lado en nuestra debilidad e incertidumbre.
Jesús dice en el Evangelio que Dios conoce incluso a los gorriones y que «tú vales más que muchos gorriones». El cuidado de Dios es personal y constante. El valor que los cristianos necesitan hoy nace de esta confianza: Dios nos ve, conoce nuestras luchas y no nos abandona.
A veces, la valentía implica tomar una postura pública en defensa de la justicia o la verdad. Con mayor frecuencia, significa perseverancia silenciosa: seguir amando incluso cuando el sacrificio es costoso, seguir orando cuando la fe parece menguar y seguir teniendo esperanza cuando el mundo parece cínico. Jeremías nos enseña que las personas de fe pueden sentir miedo y desánimo y aun así confiar en Dios.
Nuestro mundo suele admirar el poder, el éxito y la autosuficiencia. Pero el valor cristiano es diferente. Es el valor de mantener la compasión en un mundo cruel, la veracidad en un mundo deshonesto, la esperanza en un mundo desesperanzado y la fidelidad en un mundo distraído.
Hoy, las palabras de Jeremías se convierten también en nuestra oración: «Canten al Señor, alaben al Señor, porque él ha salvado la vida de los pobres». El valor del creyente, en última instancia, no reside en la fuerza humana, sino en la confianza de que Dios permanece fiel en medio de toda prueba.
Haz clic aquí para acceder al enlace con las lecturas de este domingo:
https://bible.usccb.org/es/bible/lecturas/062126.cfm
P. Jude Siciliano OP <FrJude@JudeOP.org>
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XII DOMINGO ORDINARIO, 21 de Junio de 2026
Jeremías 20: 10-13; Salmo 69; Romanos 5: 12-15; Mateo 10: 26-33
Una vez más el evangelio hoy imparte una lección básica para el crecimiento en la vida espiritual. El pasaje se toma del “discurso apostólico” de Jesús, una de las cinco lecciones que junto con las narrativas que los acompañan constituyen el cuerpo del Evangelio de Mateo. Se puede pensar en ello como instrucciones preliminares del gran envío de los apóstoles al final de la obra.
Como el papa San Juan Pablo II solía decir a todos católicos, Jesús avisa a sus apóstoles: “’No tengan miedo’”. ¿Miedo de qué? En los primeros tres siglos de la Iglesia las vidas de los cristianos estuvieron en peligro debido a sus creencias y prácticas. Este tipo de persecución todavía existe en China, varios países musulmanes y algunas partes de la África. Pero es raro en las naciones occidentales.
Sin embargo, existe entre nosotros otro tipo de miedo. Muchos temen ser menospreciados o considerados como fuera de sí y no “cool” si viven la fe como nos enseña el Catecismo. Eso es, si insistimos al asistir en la misa dominical aunque tenemos que manejar veinte millas o si salimos de un cine que muestra la desnudez. Puede que algunos se burlen de nosotros ahora. Pero no debería sorprendernos que dentro de veinte años seamos recordados por habernos entregado a una causa tan noble como la conspiración de la caridad que es la Iglesia Católica.
Jesús no dice que todo tipo de miedo sea innecesario. De hecho, recomienda miedo de aquel que “puede arrojarnos al lugar de castigo el alma y el cuerpo’”. Desgraciadamente, no menciona a quién se refiere. ¿Quién puede arrojarnos al infierno? Algunos comentaristas bíblicos han dicho que Jesús tiene en mente a Dios, su Padre. Otros opinan que quiere decir el diablo. ¿Pero no es cierto que los dos – Dios y el diablo – son formidables y merecen el temor?
Pensamos en el diablo más como persona que puede seducirnos a la perdición que quien podría arrojarnos allá. Sin embargo, el efecto sería igual: la perdida perpetua de la felicidad. A propósito, si no aceptamos los términos como “diablo” y “Satanás”, podemos cambiarlos a “la maldad” o “la red del mal”. Lo que queremos decir es que nuestras tendencias naturales hacia bienes como el placer, el poder, y el prestigio pueden hacerse inordenados de modo que nos sofoquen. Eso es, pueden apagarnos el deseo de tener relaciones justas con Dios y prójimo.
Ciertamente Dios puede arrojarnos al infierno, pero ¿lo haría? Tal vez no en el sentido de forzarnos fuera de su cuidado. Sin embargo, nos ha creado con el libre albedrío para ser hombres y mujeres responsables. Además, nos ha enviado su propio Hijo para quebrar las ligas al pecado y alumbrar los caminos a la justicia. Si deseamos rechazar todas estas ventajas, Dios no nos impedirá a separarnos de Él.
Sí debemos temer a Dios, particularmente cuando nos falta la madurez. Pero una vez que crecemos en la sabiduría, el temor se convierte en el amor como una oruga en mariposa. Reconocemos que nuestra felicidad queda con Él y no con los elogios de compañeros de copa. Por esta razón la Palabra de Dios estipula que el temor de Dios es solo “el principio de la sabiduría”. Somos verdaderamente sabios cuando nos adherimos a Dios como un niño a su padre en el medio de una multitud en un partido de fútbol.
Desde que hemos mencionado el futbol, podemos concluir con un comentario sobre la Copa Mundial. En años previos la competición fue asociada con mucho placer ilícito. Obviamente los participantes en las actividades inordenadas eran personas inmaduras a pesar de ser millonarios. Necesitaban el temor de Dios para ponerse en el camino recto. Pero los fanáticos que también son amigos de Dios siempre lo agradecen por haber creado atletas con tanta destreza de un Lionel Messi o un Kylian Mbappé. Para ellos el futbol es un pasatiempo emocionante, pero no tan importante que la misa dominical. Les da aún más razón para glorificar a Dios por todo lo que ha hecho.
Carmen Mele OP <cmeleop@yahoo.com>
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