El domingo, 8 de febrero de 2026

 

V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(Isaías 58:7-10; 1 Corintios 2:1-5; Mateo 5:13-16)

Como el domingo pasado, el evangelio de hoy está tomado del Sermón del Monte. Los discípulos se han acercado a Jesús para escuchar sus enseñanzas. Él comenzó proclamando “dichosos” o “bienaventurados” a quienes viven la justicia. En el pasaje que escuchamos hoy, Jesús utiliza dos imágenes para describir el papel de sus discípulos en el mundo.

Pero ¿quiénes son los discípulos de Jesús? Quizá algunos piensan que son solamente los Doce Apóstoles. No puede ser así, pero, porque además de Simón Pedro y sus compañeros, el evangelio habla de un número relativamente grande de seguidores de Jesús. Fue de entre ellos que Jesús escogió a su círculo más cercano de confidentes. La palabra “discípulo” proviene del latín discipulus, que significa “aprendiz” o “estudiante”. El papa Francisco llamó a todos los cristianos “discípulos misioneros”. No fue solo un cumplido piadoso, sino un llamado concreto a los bautizados. Más que rezar pasivamente en los bancos, todos los cristianos deberían aprender acerca de Cristo para poder hablar de Él a los demás.

Existe una comunidad protestante que se autodenomina "Discípulos de Cristo". Se consideran la vanguardia de un movimiento para unificar un mundo fragmentado. Su espíritu, así como su nombre, sin duda habrían complacido al expapa. Desafortunadamente, sus creencias y disciplina no se ajustan totalmente a la tradición católica.

Primero, Jesús llama a sus discípulos “la sal de la tierra”. La sal tiene muchos usos, desde preservar el pescado hasta derretir el hielo. No solo es útil, sino también barata. Mahatma Gandhi, el líder hindú, llamaba a la sal “el condimento de los pobres”. Probablemente Jesús tiene en mente este uso cuando declara que sus discípulos son como la sal.

La sal penetra el arroz y la carne para mejorar sus sabores. De manera semejante, los cristianos están llamados a penetrar la sociedad para hacerla mejor. La Carta a Diogneto es un documento del siglo II, escrito para defender las costumbres cristianas frente a sus muchos críticos. Dice la carta: “Se casan como todos y engendran hijos, pero no abandonan a los hijos que conciben. Comparten la mesa, pero no el lecho”. Con el tiempo, las costumbres cristianas de no abortar a los bebés y de reservar la intimidad sexual para el matrimonio fueron adoptadas por la mayoría de las naciones.

Sin embargo, en tiempos recientes hemos sido testigos de una erosión de estos valores. Ahora aun grupos de cristianos han aceptado la promiscuidad sexual y el aborto. Se podría decir que para esos grupos “la sal se ha vuelto insípida”. En lugar de mostrar al mundo la virtud, esos cristianos han adoptado los vicios del mundo.

Aún más común y beneficiosa que la sal es la luz. La luz hace posible convertir el agua y el dióxido de carbono en alimento mediante la fotosíntesis, proceso que además libera oxígeno a la atmósfera. Sin alimento para comer ni oxígeno para respirar, ni la vida humana ni casi ninguna otra forma de vida podría existir.

Nosotros, discípulos de Cristo, actuamos como luz cuando compartimos con el mundo las enseñanzas de Cristo. Ellas sirven como guía que ilumina el camino hacia la paz. Esto se logra más por el ejemplo que por las palabras, aunque ambos modos de enseñanza son necesarios. En este mismo Sermón del Monte, Jesús enseña: “Por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano y luego vuelve a presentar tu ofrenda” (5,23-24).  Cuando los enemigos se reconcilian, la sociedad se vuelve más unida y justa.

Jesús nos exhorta a dejar que nuestra luz brille como “una ciudad construida en lo alto de un monte”. ¿De qué sirve una luz en el monte si no guía al viajero de regreso a casa? Nosotros, discípulos de Cristo, estamos en el mundo para ayudar a todos a llegar a su verdadera casa con el Señor. Lamentablemente, no todos actúan como si quisieran llegar allí. No importa. Según Jesús, estamos aquí para iluminar el camino hacia esa casa para todos.

El domingo, 1 de febrero de 2026

 

IV DOMINGO ORDINARIO, 1 de febrero de 2026

(Sofonías 2,3.3,12-13; I Corintios 1,26-31; Mateo 5, 1-12ª)

El evangelio de hoy relata el comienzo del discurso más famoso de la historia.  Como obra de retórica y como esquema de una vida que vale, el Sermón del Monte no tiene igual.  Su comienzo tiene fama por sí mismo.  Las bienaventuranzas nos dan el retrato del discípulo perfecto cuyo destino es no otro que el Reino de Dios. Se considera Jesús sabio por poner en primer lugar el premio – el Reino de Dios – antes de mencionar los sacrificios asociados. 

La lectura empieza con Jesús tomando asiento en un monte.  El monte representa el panteón de los dioses entre quienes Jesús, el “Hijo de Dios”, tiene espacio.  Se ponen sus discípulos cerca de él y detrás de ellos, la muchedumbre. Jesús proclama, “Dichosos…” o “Felices”, a nueve géneros de personas.  Cada uno de estos grupos merece la vida eterna por haber realizado la justicia del Reino. 

El primer género mencionado es “los pobres de espíritu”.  Ellos viven pendientes de Dios en la vida y en la muerte, no de sus propios recursos ni de la ayuda de los hombres.  No son perezosos y mucho menos presuntuosos.  Solo reconocen que el objetivo de la vida queda en Dios, no en cosas materiales.  A menudo se encuentra esta característica en los económicamente pobres, pero aun los ricos pueden confiar sus vidas a Dios.  Santa Brígida de Suecia y Santa Isabel de Hungría fueron reinas de naciones que tan pronto como pudieran compartieron sus riquezas con los indigentes.

“Los que lloran” lloran por sus propios pecados o por el modo de que el mal ha arraigado en el mundo.  Con lágrimas en sus ojos Santo Domingo gritaba: “¿Qué pasará con los pecadores?”  Por supuesto, los que lloran solo imitan a Jesús llorando en la entrada de Jerusalén (Lc 19,41).  De hecho, Jesús es el modelo para cada una de las bienaventuranzas.

“Los sufridos” no insisten en sus propias agendas sino aceptan los designios inescrutables de Dios.  Bobby Jones era uno de los mejores golfistas de la historia.  Cuando se puso tan enfermo que no pudiera competir más, le preguntaron si resentía lo que le pasó.  No, dijo, “… en el golf como en la vida, hay que jugar la pelota donde se queda”.  Jesús promete que los sufridos “heredarán la tierra”.  Pero no tiene en cuenta ningún terreno mundano sino el Reino de Dios.

En su lista de bienaventuranzas el Evangelio de Lucas hace relieve en la privación física mientras Mateo expande el alcance de la privación.  La cuarta bienaventuranza sirve como ejemplo.  Lucas tiene a Jesús diciendo: “¡Felices ustedes, los que ahora tienen hambre …!” Los biblistas comentan que probablemente Jesús habló así con estilo de los profetas hebreos.  Pero Mateo tiene en cuenta el mensaje de la trayectoria entera de la vida de Jesús: cómo sirvió y cómo murió.  Por eso lo recuerda diciendo: “’Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia’”.  Los dichosos de Mateo tiene un hambre y sed espiritual para vivir siempre en conforme con la voluntad de Dios.  En los evangelios Jesús nunca transgreda la Ley.  Hasta la muerte siguió los directivos del Padre.  Eric Liddell era un atleta de Escocia competiendo en las olimpiadas de 1924.  Cuando se fijaron las pruebas para los 100 metros lisos en domingo, Liddell se negó a participar. Consideró que correr en domingo violaba el Tercer Mandamiento.  Con una vida orientada así, Liddell logró en el fin la satisfacción de los deseos más altos de su corazón.  Murió como mártir misionero en China durante la Segunda Guerra Mundial.

En sus enfrentamientos con los fariseos, Jesús les advierte: ustedes “pagan el diezmo de la menta, del hinojo y del comino, y descuidan lo esencial de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad!” (23,23). La misericordia siempre exigirá del individuo más que el simple cumplimiento de las minucias de la ley.  A los discípulos de Cristo no les falta mostrarla.  Son ellos que el Señor elegirá cuando venga al último día.  Los misericordiosos incluyen miembros de otras religiones. En las regiones de África afectadas por los terroristas de Boko Haram, las familias musulmanas han escondido a cristianos en sus casas, arriesgándose a sufrir represalias mortales.

Cuando el profeta Samuel visitó a Belén para ungir rey a un hijo de Jesé, no eligió e ninguna de sus siete hijos mayores.  Eran guapos y fuertes, pero el Señor le dijo al profeta que él no se fija en las apariencias como los hombres sino ve el corazón.  Cuando David llegó a Samuel, lo ungió rey.  Dios quiere que los hombres y mujeres tengan corazones limpios de deseos animales.  A aquellas personas con corazón inclinado a la bondad y la compasión, les permitirá ver a él cara a cara en la vida eterna.

El Señor Bill Tomes era un hombre de negocios de Chicago.  En el medio de su carrera, se quitó el traje y corbata para vestirse en un hábito religioso de mezclilla azul.  Comenzó a trabajar entre las pandillas de su ciudad.  Cuando se enteraba de una pelea entre las pandillas, se ponía en medio de los dos lados hasta que cesaran disparando.  Es el tipo de persona que Jesús tiene en cuenta cuando dice: “Dichosos los que trabajan por la paz”.

Las últimas dos bienaventuranzas son realmente solo una.  Jesús pronuncia “dichosos” a aquellos que sufren la persecución para ser santos como él.  No se logra la santidad simplemente por orar en el banco.  Se comprende también de una vida dedicada a los demás.  Jesús añade que esta lucha para ser santo es en su raíz una búsqueda para él:  “’Dichosos serán ustedes cuando los injurien … por causa mía’”. Cuando lo encontremos, tendremos reservado “un premio grande en los cielos”.

El domingo, 25 de enero de 2026

 

III DOMINGO ORDINARIO
(Isaías 8:23b–9:3; I Corintios 1:10-13.17; Mateo 4:12-23)

El evangelio de hoy ha sido uno de los favoritos de la Iglesia desde hace mucho tiempo.  Ofrece un modelo dramático del llamado vocacional. A la sencilla invitación de Jesús, Pedro y sus compañeros dejan todo para seguirlo.

La lectura comienza con una nota de urgencia. Jesús toma la bandera de su precursor Juan, que acaba de encarcelarse. Predica las mismas palabras de Juan, pero invierte su orden de palabras. Donde Juan proclamaba: “El Reino de los cielos está cerca, conviértanse…”, Jesús pone primero la exigencia: “Conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca”. Así instruye a sus oyentes sobre la necesidad absoluta de poner primero en sus vidas la voluntad de Dios. Las necesidades y deseos del yo no son tan importantes como la justicia de Dios.

Estamos habituados a pensar en nosotros mismos como “número uno”. Pero dichosos los niños cuyos padres les dicen: “Hagan siempre lo que es justo”. Desgraciadamente, muchos niños crecen escuchando instrucciones que los llevan a pensar primero en su propio beneficio. El resultado es una sociedad en la que todos reclaman sus derechos sin considerar su responsabilidad de garantizar los derechos de los demás. Cuando otra persona no nos da el cambio correcto, nos apresuramos a corregirla; pero cuando se equivoca y nos da más de lo debido, somos reacios a decírselo.

Los pescadores del evangelio no muestran esta tendencia egoísta. Más bien, tan pronto que escuchan el llamado de Jesús, responden con rapidez y entrega total. Simón Pedro y Andrés abandonan sus redes —su medio de vida— para seguirlo. Santiago y Juan dejan incluso a su propio padre.

Al cambiar el objeto de su corazón para seguir a Jesús, Jesús transforma también sus vidas. Ya no serán simplemente “pescadores”; él los hará “pescadores de hombres”. Esta transformación no se limita a los santos del pasado ni a los sacerdotes de hoy. Ocurre también en la vida de muchos laicos. Un hombre reclutaba a estudiantes para colegios. Sin embargo, después de completar su formación como ministro laical, comenzó a identificarse a sí mismo más como ministro que reclutador. Todos conocemos hombres y mujeres exitosos en su carrera, pero se distingue aún más por su caridad cristiana.

Cuando decidimos seguir a Jesús, experimentamos la gracia como una fuerza dinámica que nos impulsa a hacer el bien y a resistir el mal. Sin embargo, siempre encontraremos retos que pueden hacernos tropezar y, a veces, caer en el pecado. Los sacerdotes pueden enamorarse; los laicos también pueden sentirse atraídos románticamente por otra persona. O pueden ser las drogas o el alcohol los que provoquen la caída de nuestra persona. De una u otra manera, nos desviamos de nuestro discipulado. Aún Pedro perdió el entusiasmo de su compromiso inicial.  Negó a Jesús tres veces por miedo cuando el Señor fue arrestado.

Sin embargo, el Señor lo llamó de nuevo. Después de pedirle que declarara su amor tres veces, le confió el cuidado de su rebaño. Así como Jesús actuó con Pedro, actuará también con nosotros. Si le pedimos perdón, Jesús nos perdonará y nos llamará de nuevo, no por su bien, sino por el nuestro.

La vida es un camino largo y lleno de tropiezos. Muy probablemente fallaremos a nuestro compromiso inicial con el Señor. Sin embargo, como dice san Pablo a Timoteo: “Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo” (2 Tim 2,13). El Señor siempre estará ofreciéndonos una nueva oportunidad para responder a su llamado.

El domingo, 18 de enero de 2026

 

II DOMINGO ORDINARIO, 18 de enero de 2026
(Isaías 49:3.5-6; I Corintios 1:1-3; Juan 1:29-34)

Aunque la Navidad es un tiempo alegre, la Iglesia no permite que sea de “pura alegría”. Coloca la fiesta de san Esteban, el primer mártir, inmediatamente después del 25 de diciembre. Al hacerlo, la Iglesia sigue el rumbo de los evangelios. En los relatos de la infancia de Jesús, tanto san Mateo como san Lucas dejan entrever su muerte. San Mateo narra el martirio de los Santos Inocentes, asesinados mientras Herodes buscaba matar a Jesús. En san Lucas, el anciano Simeón se refiere a Jesús como un “signo de contradicción”. Es una descripción enigmática. Significa que Jesús será rechazado y odiado por los pecadores a quienes vino a salvar.

Esta yuxtaposición de alegría y dolor continúa también hoy. Concluimos el tiempo navideño hace ocho días con la celebración del Bautismo del Señor. Y ahora, en el primer domingo después, escuchamos una nota de tristeza. Juan el Bautista, señalando a Jesús, lo llama “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. A primera vista parece una imagen serena, pero en realidad tiene una implicación espantosa: el Cordero quitará el pecado cuando su sangre sea derramada como ofrenda de sacrificio.

Como en las misas de Adviento y del Tiempo de Navidad, el evangelio de hoy cumple la profecía de la primera lectura. Esta lectura proviene de uno de los cuatro “Cantos del Siervo Doliente”. Estos poemas dan testimonio de una figura misteriosa —el Siervo Doliente— que aparece en la segunda parte del libro del profeta Isaías. El canto proclamado hoy revela la misión del Siervo, mientras que los otros cantos describen la manera en que la llevará a cabo.

Según este canto, Dios ha elegido al Siervo para cumplir dos objetivos: restaurar a las doce tribus de Israel y llevar la salvación al mundo entero. A la luz de la historia de Jesús, los primeros cristianos no podían sino verlo como el cumplimiento de esta profecía. Jesús no solo instituyó el nuevo Israel con sus doce apóstoles, sino que también los mandó a difundir el evangelio hasta los confines del mundo. Igualmente significativo es que cumplió su misión conforme a las predicciones de los Cantos. Consoló a los pobres y murió por todos los hombres y mujeres, sin protestas ni quejas.

El papa san Juan Pablo II nos ha ayudado a comprender la grandeza de las obras de Jesús. Escribió que Dios crea a la persona humana como un don de amor. En otras palabras, nuestras vidas son regalos de Dios, dados a nosotros por amor. Al hablar de “amor”, entendemos la disposición de buscar el bien del otro.  Como cada uno de nosotros es un don, nos realizamos plenamente como personas humanas cuando nos entregamos a los demás por amor. Jesús hace posible esta entrega mediante el sacrificio de su nacimiento, de su vida y de su muerte. Nació en Belén como un don de Dios; vivió enseñándonos los caminos del Reino de Dios; y finalmente entregó su vida en el Calvario por la salvación del mundo del pecado. En este proceso, Jesús no solo modeló lo que significa el sacrificio de uno mismo por los demás, sino que también venció al espíritu del mal que nos impide imitarlo.

Sin embargo, vivimos en un ambiente que en gran medida ha ignorado el amor de Cristo. Muchos hoy en día no conocen a Jesús. Viven no como dones para los demás, sino para la exaltación de sí mismos. Cada año, menos adultos desean comprometerse con otra persona en el matrimonio. ¿Por qué? Porque temen el sacrificio que implica. Los jóvenes evitan tener hijos por la misma razón. No comprenden que el verdadero gozo solo surge de este tipo de sacrificio. Tal vez encuentren placer en relaciones superficiales y en gastos excesivos centrados en sí mismos, pero al final probablemente se preguntarán si la vida no ofrece algo más.

Acabamos de iniciar el Tiempo Ordinario. Este es el período en el que aprendemos cómo Jesús vivió su vida como un don. Sin embargo, el tiempo será interrumpido por la Cuaresma y la Pascua.  Entonces nos enteraremos el costo de imitarlo y por qué vale la pena pagarlo.

El domingo, 11 de enero de 2026

 Fiesta del Bautismo del Señor

(Isaías 42:1-4.6-7; Hechos 10:34-38; Mateo 3:13-17)

En el Evangelio de San Mateo el Bautismo de Jesús revela al mundo que él es el Hijo de Dios.  El evangelista no resalta tanto el agua del río sino la voz del cielo.  La historia llega a su clímax cuando el Padre proclama: “’Éste es mi Hijo muy amado…’” En este momento todos presentes la gente saben el recurso que Dios ha escogido para salvar el mundo.

Estas palabras tienen resonancia en la primera lectura.  Se toman de la segunda parte del Libro del profeta Isaías.  Los exilios de Jerusalén han vivido en Babilonia por décadas cuando Dios dice “basta”.  Reconoce que han sufrido suficientemente a ser purificados de sus crímenes. Escoge a su siervo para ejecutar su plan de salvar su pueblo.  Describe el siervo en términos semejantes de lo que se dirá de Jesús en el Evangelio. Tiene sus “complacencias” y le ha puesto su “espíritu”.

Los biblistas han tenido dificultad identificar quien sea este siervo.  Dicen algunos que es la persona colectiva del pueblo Israel.  Pero los “Cánticos del Siervo Doliente” no compaginan bien con una persona colectiva.  En resumen, estos pasajes de la segunda parte de Isaías dan un retrato más de un individuo.  Dicen, por ejemplo: “Y ahora dice el SEÑOR, que desde el seno materno me formó para que fuera yo su siervo” (Isaías 49,5). Entonces ¿quién es el siervo?  ¿Tal vez uno de los profetas como Jeremías que sufrió tanto en Jerusalén antes de que fue llevado a Babilonia?

El Evangelio provee una respuesta más satisfactoria.  El siervo es Jesús de Nazaret. Vemos su sufrimiento claramente durante la Semana Santo cuando se lean los cuatro "Cánticos".  Sin embargo, para aceptar esta respuesta hay que engrandecer las dimensiones de la historia.  El siervo no viene para salvar solo a los exiliados de Israel sino el mundo entero.  Su entrega a sí mismo redimirá a todos hombres y mujeres para que caminen con la cabeza en alto en la justicia.

Nosotros encontramos a Jesucristo sobre todo en los sacramentos.  Consideren este.  En el Bautismo, nos santifica el ser.  En la Penitencia y la Unción de Enfermos nos sana al alma. En la Confirmación y especialmente en la Eucaristía nos nutre y fortalece.  Y en el Matrimonio y el Orden nos prepara para cumplir nuestro destino.

El énfasis de este tiempo navideño ha sido siempre en el don de Dios.  Sobre todo, nos ha regalado a Su propio hijo como nuestro redentor.  Llevando a cabo esta misión, Jesús muestra el amor de Dios para nosotros.  Ahora podemos recompensar a su iniciativa de amor.  Como San Pablo exhorta a la comunidad de cristianos en Roma, podemos que vestirnos con Cristo.  Eso es, podemos socorrer a los demás, no solo nuestros familiares sino también los necesitados en otras partes.

Una iglesia cristiana insiste en que cada uno de sus miembros tenga un "viaje interior" y otro "exterior".  El "viaje interior" consiste en la meditación Escritural y la oración.  El "viaje exterior" comprende un servicio comunitario.  Puede ser el visitar a los enfermos o llevar comidas a los ancianos.  Tanto como es preciso que siempre oremos, es meritorio que prestemos la mano en el socorro.

Mientras celebramos el Bautismo del Señor, apenas nos podemos olvidar nuestros propios Bautismos.  Como Jesús en el Evangelio, hemos sido ungidos con el Espíritu Santo.  Jesús dará complacencias a Dios por alumbrar nuestro camino a Él.  En retorno, que alumbremos los caminos de los demás a Él por nuestro servicio humilde.


El domingo, 4 de enero de 2026

 

LA EPIFANÍA DEL SEÑOR
(Isaías 60:1-6; Efesios 3:2-3.5-6; Mateo 2:1-12)

El evangelio de hoy contiene una de las historias más apreciadas de toda la Biblia. Se la ha llamado “el evangelio en miniatura” porque presenta algunos de los temas más básicos del Nuevo Testamento: 1) revela a Jesús como rey y salvador; 2) contrasta el ardor de los forasteros por encontrarlo con la resistencia del pueblo judío; y 3) sugiere el destino doloroso de Jesús al final del evangelio. Dado que la Iglesia proclama hoy este evangelio bajo la rúbrica de “la Epifanía”, abordemos estos temas a la luz de esta palabra extraña.

La palabra “epifanía” viene del griego epiphaneia, que significa “manifestación”, “aparición” o “revelación”. La “Epifanía del Señor” nos presenta a Jesús como el Hijo de Dios. Hay varias epifanías en los evangelios, como el Bautismo en Mateo cuando la voz de Dios Padre declara a Jesús su “Hijo amado”. También la Transfiguración de Jesús en la montaña es una epifanía. No obstante, el relato del evangelio de hoy es la instancia más clara de epifanía, pues muestra cómo hombres de un lugar lejano llegan a adorar el Rey de los judíos.

La historia comienza con los magos observando una estrella nueva en el cielo. Ciertamente, Mateo entiende que esta estrella representa a Jesús. Pero la estrella también simboliza la capacidad del ser humano de conocer a Dios a través de la naturaleza. El Concilio Vaticano I afirmó que la razón natural puede alcanzar el conocimiento de la existencia de Dios, aunque solo con dificultad y mezclada con error. Por esta razón, los magos deben detenerse en Jerusalén para consultar las Escrituras. Sólo cuando los escribas descubren que el Mesías iba a nacer en Belén pueden llegar a su destino.

Este proceso de los humanos llegando a conocer a Dios por la naturaleza se repite en nuestros días. Se suele pensar que la mayoría de los científicos contemporáneos son ateos. Sin embargo, según fuentes confiables, un número creciente de científicos reconoce la existencia de un Creador. Dicho sencillamente, la ciencia no logra explicar plenamente la confluencia de factores que hace posible la vida en la tierra. Si las temperaturas del planeta no fueran moderadas; si la mezcla de gases en la atmósfera no fuera precisamente de un 21 por ciento de oxígeno y un 78 por ciento de nitrógeno; si no existieran una luna grande y los demás planetas, entre otros factores, la vida en la tierra no sería posible.

Pero todo este conocimiento nos dice poco sobre la compasión de Dios y sobre su voluntad de que los seres humanos practiquen la justicia. Para conocer mejor a Dios se necesitan las Escrituras. Y para conocerlo de la manera más plena posible, se necesita el evangelio, porque Jesús es la revelación perfecta de Dios.

La segunda lectura nos explica que los apóstoles llevaron el evangelio a los paganos. Este también continúa hoy. Podemos preguntarnos: ¿qué mueve a la gente a interesarse por Dios? Algunos todavía son atraídos a Cristo por la ciencia, que plantea preguntas sin respuestas completas. Muchos más llegan a conocerlo por las vidas de los santos, que lo sacrificaron todo por amor a él. Algunos quedan profundamente conmovidos por la belleza de los santuarios, de la música religiosa y del arte, y buscan sus fuentes. Otros quedan tan impresionados por la vida buena y ordenada de los cristianos comunes que desean imitarlos.

En realidad, no importa tanto qué nos lleve a Cristo. Lo importante es que lo abracemos y lo sigamos. Él es el camino hacia Dios, porque él mismo es Dios. Y siendo Dios, nos dará la felicidad que buscamos en la vida.

Navidad, el 25 de diciembre de 2025

 

Navidad 2025

Algunos de nosotros nos hemos cansado tanto de las tarjetas electrónicas de felicitación que hemos bloqueado su recepción. Las e-cards son invariablemente simpáticas y, sin duda, casi siempre bien intencionadas. Pero su selección limitada puede provocar hastío después de ver la misma tarjeta más de dos veces. El otro día, sin embargo, recibí una que me conmovió hasta el punto de verla una y otra vez.

La tarjeta muestra a un cordero recién nacido que entra pausadamente en una iglesia rural vacía en Navidad. El corderito brinca con asombro al percibir los bancos adornados. Al acercarse al pesebre frente al altar, descubre al Niño Cristo dormido. El animal se recuesta junto al pesebre mientras un rayo de sol ilumina la pequeña cruz del altar. La escena concluye con una paloma que vuela hasta el lugar. El ave toma un sorbo del agua de la pila bautismal a un costado y luego se posa sobre el pesebre del Niño dormido, junto al cordero.

¿Es esto simplemente un saludo navideño sentimental, más apropiado para niños que para adultos? Yo no lo creo. Me parece más bien una parábola que hace una profunda afirmación teológica. El cordero no viene a adorar a Cristo como los pastores en el Evangelio de Lucas. Tampoco ofrece un regalo al Niño Jesús como el tamborilero del popular villancico. El cordero se acuesta junto a Cristo porque ¡él es otro Cristo!

En el primer capítulo del Evangelio de Juan, Juan el Bautista señala a Jesús ante sus discípulos. Les dice: “He aquí el Cordero de Dios”. Jesús es el cordero que será sacrificado para expiar el pecado humano. Él será bautizado —recordemos la paloma bebiendo agua de la pila— como identificación con la humanidad. Hoy viene en paz para permitir que el mundo contemple el acontecimiento de Cristo en nuestras vidas. Debemos aprovechar la ocasión para agradecer a Cristo su venida entre nosotros. También queremos pedirle perdón por nuestro orgullo y otros pecados. Finalmente, podemos prometerle nuestro amor, y el amor a todos aquellos por quienes él murió para salvar.